sábado, marzo 20, 2021

Pancho Poma

El Pancho Poma era bajito, moreno y de ojos un poco claros, manos endurecidas por el trabajo del campo, nariz ancha y dientes incompletos. De joven se fue al cuartel y por unos años anduvo por el oriente del país. Cuando volvió a sus veintipocos, se enamoró de la Rita que entonces tenía como quince años; se casaron y vivieron juntos tiempos buenos y malos, queriéndose y odiándose hasta que el tres de enero del dosmil veinte el Pancho cerró los ojos.

Entiendo que fue en el cuartel donde aprendió a tocar la trompeta, y aunque nunca escuché una interpretación suya, sabía de sus aventuras como músico en festividades varias de pueblos inimaginables donde recibía pagos en especie cuando faltaba el efectivo. Tuvo muchos otros trabajos, desde agricultor, sereno de barrio, cuidador de autos y lava platos en un restaurante de comida típica; pero su trabajo principal y al que se entregaba en alma y vida era el de dirigente de su pueblo y de su barrio, dedicando su tiempo a a trámites eternos con autoridades que lo decepcionaron tantas veces y le cumplieron tantas otras. 

Tenía ideas muy arraigadas y difíciles de cambiar, como la fobia a la medicina convencional, el creer firmemente en sueños, presagios, maldiciones y otras supersticiones infinitas que le llevaron a tratar sus males de salud con hierbas y rezos que terminaron con su vida.

Hay personas que desde que nacen y hasta el final de sus días, tienen el alma protectora, grande y tibia como un abrazo.  Así es como lo recordamos al Pancho Poma: como un refugio al que podíamos acudir cuando teníamos algún problema y usando el canguro azul eléctrico desteñido que se ponía cuando se quedaba en la casa.




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